Érase una vez, allá por el 2013, en el terrible y saturado mundo de la publicidad, (truenos y relámpagos de fondo… música terrorífica…), pastaba un alegre cervatillo rodeado de miles de incautos usuarios a los que invitar a su red de amigos, (transición a un bonito prado lleno de flores y árboles frutales, la misma música de Bambi). El alegre cervatillo se pasó varios meses siendo el ser más social de todo el valle. Si tenía que dejar de comer o dormir porque dos nuevos amigos se unieran a su red, él lo hacía. Si tenía que preparar meticulosamente y durante horas un precioso poema que encandilara a todos sus amigos, y a los amigos de sus amigos, él lo hacía. ¡Se pasaba horas monitorizando el mejor momento de publicar sus comentarios!, invitaba a tantos, que hasta el señor de LinkedIn le acusó de ‘spamer‘ y le suspendió la cuenta por una interminable semana. Tras varios gélidos inviernos de duro trabajo, el cervatillo se había convertido en la envidia de todos. ¡Había llegado al límite de amigos en Facebook y LinkedIn!! El cervatillo se regodeaba elevando sus imponentes cuernos, participando en todo debate. Sus amigos se reían con todo lo que publicaba, todos le preguntaban y hablaban con él.

Un buen día, el cervatillo decidió que era momento de hacer negocio de todo ello. Pensó que podría vender lo que quisiera a todos esos miles de amigos que tenía en sus redes, de modo que compró un barco lleno de unas preciosas prótesis de cuernos de cera que se podían poner encima de sus cuernos reales y que por tanto serían de gran valor, tanto para aquellos cervatillos con cuernos más pequeños, como para aquellos con alguna amputación por algún desgraciado accidente. Una vez recibió el envío, el cervatillo comenzó a publicitar los cuernos. Lo contó por Facebook, por LinkedIn, ¡Hasta por Google +!. Pero nadie le respondía. ¿Qué ocurría?, ¿por qué nadie le compraba los cuernos?

El cervatillo era listo y trabajador, de modo que decidió parar lo que estaba haciendo y comenzó a barajar posibilidades, a preguntar y analizar, y descubrió lo siguiente:

  • Que no todos los seres vivos de su red eran cervatillos y por lo tanto, muchos no necesitaban los cuernos.
  • Que había muchos otros cervatillos vendiendo cuernos de cera transgénica más barata.
  • Que a los leones y hienas sí que les venían de perlas los cuernos para camuflarse de cervatillos, pero que no estaban en su red porque siempre hablaba de cosas preciosas en lugar de estrategias sobre cómo cazar cervatillos.

¿Qué hizo? Tuvo que crearse nuevos perfiles, empezar de nuevo, crecer lentamente, aprender sobre cosas desconocidas, pero le fue muy bien, y una vez que definió su ‘target‘ y trazó las estrategias adecuadas con expertos en la materia, no sólo se deshizo de todos los cuernos, sino que ahora es un venado consultor en monterías de caza mayor encargado de mantener el ecosistema equilibrado y benefactor de los de su especie.

¿Moraleja?

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